Capítulo uno (fragmento)

—¡Arriiiiiibaaaaaaa! ¡Arriiiiibaaaaaa! ¡Estiren las puntas, estiiiiireeeen las rodiiiillaaaaas! ¡¡Respiiiiirennn, allongé!!

La profesora Karaskova indicaba a sus alumnas cómo tenían que realizar el adagio que les había marcado para trabajar en la barra.

—Lento, suave, muy suave —les decía—. ¡Más arriba! Leeeeeeentoooo, que la pierna baje lentamente… Raz, dva, tri, chitiri. —Karaskova contaba los tiempos musicales en ruso.

Hacía una hora que Margarita había salido del colegio. Era lunes y ya estaba en la escuela de danza para recibir su clase de ballet. A menudo se preguntaba por qué iba a estas clases. De hecho, le gustaban. Le encantaba ponerse su maillot negro, las medias y calzarse las zapatillas de media punta que se amoldaban a sus pies como suaves guantes de piel rosa. Y le gustaba entrar en la sala. La escuela de danza estaba en un edificio antiguo y muy señorial, con unas escaleras que conducían desde la calle a la puerta principal, una gran puerta detrás de la cual unas preciosas escaleras llevaban, en semicírculo, a las salas del primer piso donde se impartían las clases.

Clase de balletA Margarita le gustaba entrar en la sala, con el suelo de madera, los grandes ventanales que daban a la calle con las cortinas azul cielo recogidas a ambos lados de cada ventanal con cintas del mismo color y contemplar el piano al fondo de la sala; un precioso piano de cola de color marrón oscuro que tocaba, mimaba y cuidaba la señora Adelina, la pianista. Adelina llenaba de melodías la sala, interpretaba las piezas que la profesora Karaskova le pedía mientras impartía la clase de ballet. La sonrisa y la dulzura de mirada y de trato de la señora Adelina era muy reconfortante para Margarita y sus compañeras; la querían mucho. Todo se presentaba bonito, agradable y diferente a cualquier otra actividad que pudiera existir, pero…

Margarita no podía evitar hacerse a menudo una pregunta: «¿Por qué hago ballet?».

La clase seguía su curso. En los adagios, las piernas se levantaban muy alto y había que mantenerlas y bajarlas lentamente, como si fuesen plumas.

Margarita realizó el ejercicio con suma precisión, pero al finalizar en vez de quedarse quieta y en silencio, con la espalda recta y los brazos bien colocados, se quejó susurrando a su compañera y amiga.

—¡Uff! Cansa mucho, me duelen las piernas, ¡no puedo!

—¿Qué dices, Margarita? —le preguntó Karaskova—. ¿No sabes que durante los ejercicios en la barra no se habla? Niñas, en la clase de ballet se piensa y se escucha, pero no se habla.

—Lo siento; es que me canso, profesora…

—¡Una bailarina de ballet jamás está cansada, y si lo está, continúa! Así que, por favor, silencio, Margarita: pierdes la concentración y se la haces perder a tus compañeras.

—Uff… vale… Perdón; quise decir como usted diga, profesora Karaskova.

La profesora Karaskova era rusa. El lenguaje del ballet es francés, y ella lo pronunciaba a la perfección; se deleitaba con cada palabra. Pero contaba en ruso, alto y fuerte, acompañándose de la pica, el bastón de madera con el que golpeaba el suelo para marcar bien el tiempo de los movimientos. Y entre Adelina al piano y Karaskova marcando y dirigiendo la clase, las alumnas iban avanzando en los ejercicios siguiendo el compás de la música.

La Karaskova tenía el porte de la bailarina que era, porque una bailarina nunca deja de tomar sus clases tenga la edad que tenga, pero vestía falda y blusa oscuras, ropa que parecía de calle, con sus pies dentro de un calzado plano, que daba la impresión de que acabara de bajar de unas zapatillas de punta. Tenía los pies ágiles y flexibles, el cuerpo delgado y muy estirado; siempre con su moño, la voz alta y fuerte. Sus brazos se movían como las alas de un delicado pájaro. La profesora Karaskova era una maestra muy buena, a veces exigente y muy paciente, otras veces estricta y un tanto severa. Levantaba la voz sobre todo cuando marcaba con su bastón marrón los tempos musicales. Sabía perfectamente lo que hacía y por qué lo hacía.

Margarita enseguida hizo el détourné en la barra, hacia la izquierda, y bajó la mirada un poquito porque el comentario que le había hecho la profesora Karaskova había hecho mella en su ánimo, pero no se quejó. Aquella vez había tenido que corregirla a ella, pero no se le ocurrió quejarse más, o al menos no hacerlo en voz alta. La reprimenda para que la clase le mantuviera el respeto que le debía surtió efecto, y se volvió a hacer el silencio absoluto.

—¡Silencio! ¡Por favor! Ahora, niñaaaaaas, harán el adagio con la pierna izquierda. ¡Adelina, por favor, música!

—Profesora Karskova ¿continuamos con el Adagio de la rosa de Tchaikovsky? —preguntó la pianista; la impasible, regordeta y seria pianista Adelina.

—¡Síííí! ¡Tchaikovsky, claro! Qué mejor para la clase de ballet que la música de Tchaikovsky, el gran adagio de La bella durmiente: el Adagio de la rosa… No hay mejor música para el ballet que la de el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky.

—Cómo no, señora Karaskova; cuando usted diga.

—¡Niñas, preparación; cierro bien la quinta posición, el culete bien apretado, tripita dentro, port de bras, uno y dos y respiiiirooooo demi-plié y sou-sou!

Margarita se dejó llevar a través de la melodiosa música rusa de Tchaikovsky y comenzó a ejecutar el adagio que su profesora, la señora Karaskova, les había marcado y enseñado.

Adelina tocaba el piano con sentimiento, y de esta manera lo transmitía a través de las notas musicales.

—Los adagios deben ejecutarse con movimientos lentos y suaves —les había dicho Karaskova—. Los développés, attitudes y arabesques tienen que estar hechos con elegancia, estirando mucho la rodilla de la pierna soporte y haciendo como que no nos cuesta nada. Y los brazos… ¡Ah, los brazos! —suspiraba Karaskova cada vez que hablaba de ellos—. Son las joyas de las bailarinas, ¿sabían niñas? Los brazos expresan la melodía, los sentimientos que lleva en el corazón cada bailarina.

Y Margarita empezaba a comprender por qué los brazos y las manos y los dedos de su profesora de ballet parecían tener vida, volando bellamente, a menudo como si estuvieran libres y felices en un cielo soleado…

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies. Click en este ENLACE para mayor información. ACEPTAR