Ballet master, Alexander Pushkin (1907–1970)

Alexander Pushkin, el último gran maestro ruso de la danza.

Por Julie Kavanagh.

Cuando enfrentaba la tormenta de flashes de su primera conferencia de prensa luego de pedir asilo político en París en 1961, y le preguntaron si temía por las represalias que podrían sufrir sus padres y hermanas a manos de las autoridades soviéticas, Rudolf Nureyev contestó: “Más me preocupa mi profesor de danza en Leningrado. Viví en su casa estos últimos años, es mi mejor amigo y temo que le adjudiquen responsabilidad en esta determinación”. En efecto, a lo largo de los meses siguientes, Alexander Ivanovich Pushkin, el profesor más venerado de la Escuela Vaganova del Ballet Kirov, sería interrogado una y otra vez por la KGB, que lo hacía responsable de la defección a Occidente de su pupilo favorito. Tenían sus razones: Pushkin no sólo convirtió en una estrella a aquel tardío aprendiz con escasa formación técnica, también lo estimuló decisivamente a desarrollar su libertad de pensamiento. Nureyev había repetido muchas veces que, si no le hubieran aprobado el traslado a las clases de Pushkin, habría abandonado la danza: “Todos mis profesores anteriores eran unos implacables burócratas gogolianos que reprimían cuanto salía de mí”.

Mijail Baryshnikov, que se convertiría en el segundo protegido de Pushkin pocos años después, fue igualmente enfático a la hora de reconocer la deuda con el maestro: “Soy lo que soy gracias a Alexander Ivanovich”. En la introducción del libro Alexander Pushkin, maestro mayor de la danza, escrito por Gennady Albert, y publicado en Rusia y en Estados Unidos merced al apoyo de la Fundación Nureyev, Baryshnikov define esta recuperación del “misterio de rigor y regocijo que fue la escuela de Petersburgo” como “un evento fundamental para el mundo del ballet, así como un homenaje más que merecido a un hombre excepcional”.

A lo largo de treinta años, sus clases matutinas siempre comenzaron igual en el ático de ventanas ovales de la Escuela Vaganova: con la meticulosa y atávica pronunciación que compartía con otro famoso maestro de la danza, George Balanchine, ordenaba gentilmente una secuencia de ejercicios en la barra que duraba siempre veintidós minutos, ni uno más ni uno menos. De infaltable camisa y corbata (su saco quedaba siempre en el respaldo de la única silla del salón, junto al piano), Pushkin jamás levantaba la voz: sus estudiantes sabían descubrir si algún movimiento lo disgustaba por el rubor que coloreaba repentinamente su cuello. Dando la espalda al espejo de pared a pared, demostraba cómo debía fluir orgánicamente el movimiento de un paso a otro en las combinaciones más elementales y en las más líricas. Si bien carecía del fuego sagrado del danseur noble, Pushkin había ingresado como bailarín en la compañía del Kirov antes de cumplir los veinte años, merced a su estilo puro y su fraseo perfectamente coordinado. Pero muy pronto, a los 25 años, descubrió su verdadero don: comunicar con extraordinaria simplicidad la lógica interna y la transición natural de los movimientos que había aprendido de sus mentores, Vladimir Ponomarev y Agrippina Vaganova (cuyo sistema forma la base del ballet ruso). “Era una gran tradición donde el conocimiento se transmitía en forma directa de maestro en maestro”, explica Baryshnikov en el libro, “pero Alexander no se limitó a repetir a sus predecesores sino que destiló en sus enseñanzas el viraje decisivo que iba a producirse en el ballet”.

Durante las décadas siguientes, los alumnos de Pushkin que permanecían en Leningrado conmemoraban la fecha de su muerte con una clase especial en la cual decoraban el piano de la sala como un altar con flores y fotografías. Para entonces las exigencias de la escuela para bailarines masculinos del Kirov habían caído tan bajo que la mayoría de los alumnos recibió con alivio la noticia de que cerraba la escuela. “Es muy triste, pero lo cierto es que ninguno de ellos era capaz soportar una disciplina tan ardua”, reconoce Serguei Vikulov, un entrenador del Kirov que tomó clases durante quince años con Pushkin. “Con él hacíamos diez, doce pirouettes (que Misha solía terminar con un impecable demipointe); hoy, ninguno es capaz de más de cinco”.

El orgullo actual del Kirov son sus ballerinas: ninguno de los integrantes masculinos es capaz de ser otra cosa que un digno partenaire para la sublime técnica y glamour de Svetlana Zakharova, Uliana Lopatkina, Diana Vishneva o Veronika Part. El libro de Gennady Albert es el último legado de esa escuela de danza que entregó al mundo sus dos bailarines más excelsos y que Alexander Ivanovich Pushkin encarnó y preservó hasta el último día de su vida.

 

Ballet master, Alexander Ivanovich Pushkin (1907–1970)

 

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